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Historia de una botella de vino

La última curva, a la salida de Santiuste de San Juan Bautista, un enclave en medio de la nada, por la carretera SG-343, es la localización donde se alza el señorial edificio de Bodegas Avelino Vegas. A un costado, los grandes contenedores que almacenan los mejores caldos de la denominación de origen Rueda. Ingreso con mi bicicleta bien al interior de las naves donde un empleado carga frenéticamente palés de vinos con su toro (carretilla elevadora) un camión de gran porte; con su teléfono al oído y la radio a todo volumen en un mostrador al fondo del galpón. Elude mi bicicleta con su montacargas como si yo no existiera. Aún gritándole, no se inmuta. Me acerco al camión desde donde veo al que parece ser el chofer, moviendo los palés con su montacargas manual hidráulico hacia al fondo de la carrocería. Lo hace con destreza y prontitud. Da la impresión que esto es cargar rápido y salir.

No hay tiempo que perder con un solitario y barbudo bicicletero que, además, lleva un vehículo tan extraño de una longitud exagerada. Cuando se acerca de nuevo el empleado de la firma al camión, le grito: “- Puedo coger un poco de vino…, me suelen dar en las bodegas como esta”. Desprende el teléfono de sus orejas y me responde: “- No, de ninguna manera. Anda a la oficina, arriba”, hace un ademán indicando el edificio bien cuidado más allá de los depósitos de acero inoxidable que almacenan los caldos. Cuando el empleado se retira a por más palés, me dirijo al chofer del camión y le hago la misma pregunta, de si es posible coger un poco de vino, que voy catando los vinos del mundo y tal. Es en ese momento cuando me doy cuenta que, el chofer, no es de España. “- Yo no trabajo aquí”, me dice mirándome fijamente con un par de ojos profundamente azules. “A dónde va la carga?”, pregunto. “- A Holanda”, me responde. El empleado con su forklift machine se viene acercando nuevamente con más cajas de vinos.

Salgo del área de trabajo, hacia la calle, en dirección a las oficinas. Estaciono la bicicleta en un lugar visible y me encamino hacia la puerta. Es mediodía, cielo azul y brillante sol. Desde el interruptor me dice que pase. Abro la puerta y no veo a nadie, excepto un mostrador con varias botellas de vino de diferentes tamaños, colores y variedades. “- Sube!”, la voz de una mujer se deja oír desde arriba. Lo hago, con cautela, apretando mis documentos que enseño en este tipo de circunstancias (recortes de diarios y cuaderno institucional). Al llegar al piso superior no veo ninguna disposición de las tres mujeres en afrecerme una atención preferencial. Una de ellas está sacando fotocopias y las otras dos, sentadas en sus respectivas poltronas, rodeadas de muchos papeles, carpetas, algunas botellas de vino aqui y alli. La presencia de dos niñas cerca del ventanal que da a la calle, desde donde se puede avistar mi bicicleta, me hace pensar que son posiblemente las hijas de una de las empleadas, estas señoras que me atienden de una forma muy desagradable. Ni siquiera levantan la vista de sus ordenadores, mientras las expongo de mi proyecto. Parece que estoy hablando con la pared. Todo lo que digo recibe un no como respuesta. Al final, no tengo otra alternativa que salir de ahí con la cabeza gacha, resignado. No hay vino, no hay buena atención, ni mucho menos.

Afuera, nuevamente en medio de mis elementos, saludo a La Ponderosa y pongo rumbo a Olmedo, lentamente. El camion esta saliendo en esos momentos del área de depósitos; un camión de color rojo con placa de Los Países Bajos. Gano la carretera e inmediatamente empiezo a pedalear en medio de un mar de cereales verdes y amarillos. Todos los horizontes son iguales, infinitos, espaciosos. Cuando he avanzado aproximadamente un kilómetro, oigo el claxon de un camión a mis espaldas. Algo anormal bajo cualquier circunstancia. Me detengo a un costado, bruscamente. Miro atrás y veo al camión rojo acercarse lentamente. Del lado del copiloto, la mano de una mujer que se extiende hacia mí, con una sonrisa, una botella de vino. Cazo la botella con otra sonrisa. El camión no se detiene totalmente, acelera poco a poco, avanzando hacia su destino, Holanda.

Me quedo con la botella de vino blanco en la mano, un verdejo viura excepcional. No lo puedo creer. Acaba de materializar otro milagro en la carretera.

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