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Buen Camino !

Después de una hora muerta (periodo de tiempo en que permaneces acostado pero no durmiendo), me descubro de las mantas en una acción rápida y enérgica. Son las 6 y media de la mañana. Hoy salgo del Camping El Acueducto, donde permanecí por un numero de dias y de noches, cuatro creo. Debo hacer muchas cosas antes de meterme de lleno en la carretera. Elijo desprenderme de un contenedor de plástico, aquellos frascos industriales de 10 kilos de olivo cuyo uso se localiza en ámbito de la restauración. Acondicionar mis pertenencias de una forma compacta y ordenada es una ingente actividad que me puede acarrear cierto stress y prolongarse por horas. Simplificar ya no constituye solo un propósito; es una necesidad. Al final, salgo del Camping alrededor de las 11 de la mañana, con algo más de peso todavía, ya que Reyes y Manuel me han ofrecido alimentos para llevar.


Enseguida, el avistamiento del Acueducto, monumento icónico de Segovia, se hace palpable así de repente. Los turistas que llegan o se van en distintos autobuses hacen vibrar la ciudad amurallada. Las autoridades cuidan de esta gallina de los huevos de oro que permite una recaudación de elevadas proporciones. “Los policías locales, en este caso, son empleados de los clanes de la ciudad -que no deben ser muchos-, ya que tan solo cuenta con aproximadamente 50,000 habitantes estables”, me dice un Javi amable, responsable hoy del único Bar de la aldea de Los Huertos, en donde estoy en estos momentos, disfrutando de un buen vino tinto. La conversación giraba en torno a esa directriz que recibe un policía local a través de su radio cuando identifican a alguien que posiblemente tiene intenciones de dedicarse a la venta ambulante. Llevo un jarro de aluminio frente a mi primer remolque que sugiere que recibo donaciones, señal que alumbran todas las alarmas del agente local.


Este levanta su radio transmisor a la altura de la boca y anuncia el avistamiento de un “vehículo tipo bicicleta que tira de dos remolques. Se está moviendo en medio de la muchedumbre, cerca del Tío Vivo. Da la impresión que está buscando donde apearse e instalar su chiringuito”. El inspector jefe le responde: “- No lo pierda de vista. Si llega a colocar su chiringuito, no dude en confiscar lo exhibido”. El agente permanece en silencio unos minutos. Vuelve a lanzar un mensaje: “- Lleva una bandera canadiense al final del segundo remolque, aparentemente responde a esa nacionalidad aunque no parezca ser necesariamente nativo de ese país”. El inspector jefe es ahora quien permanece en silencio. “No lo pierda de vista. Si es necesario, solicite su identidad y…, actúe con moderación y respeto. No lo confisque, pero asegúrese de recomendarle que está prohibido colocar mantas en el suelo”, instruye finalmente. “A las órdenes. Cambio y fuera”.


Saco un par de fotos desde una callejuela que lleva al casco histórico de Segovia. Así como el agente me lee la mente, yo tambien lo estoy haciendo aunque asemejo un distraído más. El uniformado que me sigue con la vista desde una distancia, también tiene que estar pendiente de cuatro jóvenes gitanos que caminan bajo las galerias de uno de esos edificios históricos e intocables. Mientras tanto, más autobuses descargan a sus pasajeros en las adyacencias del Acueducto bajo un sol estridente, inmejorable para un Domingo de Mayo. Se establece una coordenada triangular entre el agente, los gitanillos y yo. Los chicos de piel oscura y aspecto plenamente identificable buscan que el agente -extrañamente solitario en esta operación de avistamiento de sospechosos- se distraiga para entrar en acción. Son expertos en distracciones y se mueven rápido. Los tengo marcados, al agente y a los gitanillos. De pronto, decido salir de ese juego inmediatamente. Giro sobre mis pasos y voy directamente hacia el agente. Debo desplazarme con precaución entre la multitud.


“- Hola oficial, todo bien?”, le saludo.
“- Buen dia, señor. Alguna consulta?”, responde.
“- Cual es el camino a Zamarramala?”
“- Ese camino que sale ahí en el medio, por donde va ese coche blanco, lo ve?”, me indica con el dedo. “-Tendrá que cruzar el paso de cebra aquel y girar a la izquierda, luego verá un camino que entra a su derecha, a un par kilometros de aqui. Verá carteles, no se puede perder”.
“- Gracias, oficial”, me despido.
“- De nada. La verdad..., su vehículo es un poco...ilegal. Nunca le han observado?”, su mirada inquisidora tras las gafas oscuras.
“- La Guardia Civil, me acuerdo cuando estuve allá cerca de Matalascañas, en pleno dominio de Doñana. Dos o más carros de la Guardia Civil se introduce en el ámbito del Camping donde me he quedado a pernoctar. Pensé que pasaba algo conmigo, cuando los ví acercarse a mi tienda, tan temprano aquel día, eran más o menos las ocho de la mañana. Al bajarse de sus vehículos, me saludaron con efusividad, incluso toman asiento sobre unas rocas que se hallaban cerca de mi tienda. Me cuentan que se enteraron de mi paso por ese Camping y que me habían visto en el Canal Sur, la noche pasada y, antes de entrar en servicio ese día, han querido pasar a saludarme. Todos entusiastas de la bicicleta”. El agente presta atención a mi relato, convencido de conocer ese feeling entre la comunidad ciclistica. Da la impresión que quiere seguir con la espontánea plática pero con un ademán transmite el mensaje que está en servicio en ese momento. Nos despedimos y yo sigo mi camino.


“- Soy de Alcorcón, pero mi padre es aquí. De chico, venía a pasar el verano en este pueblo”, me dice Javi. Usa coletas y pulseras de cuero. Dentro del Bar suena música heavy metal. “- La gente aquí tiene sus códigos, pero ya me han aceptado. De joven, ni de coña me hubiera mudado aquí. Pero ahora, a mis 46 años, la situación es diferente; la verdad un gran cambio para mí”. Javi está de operador del Bar “Los Huertos” mientras los dueños, que son brasileños, me cuenta, están pasando sus vacaciones allá. “- Cuando regresan, este trabajo termina para mí”, veo resignación en su mirada. “-Entonces, qué harás”, le pregunto. “- No lo se”, me responde. “- Espero hallar trabajo en el Polígono de Valverde”. Javi, antes de ir al Albergue Municipal de los Peregrinos, me trae un trozo de jamón serrano, liado en papel de aluminio. Me ha servido tres veces una copa de vino junto a esas tapas bien grasientas, piel de cerdo fritas, no son los chicharrones, pero algo parecido. Torreznos se llama. Parecía que yo estaba necesitado de cosas grasientas.

Ya en el Albergue, a eso de las ocho de la noche, decido no seguir el Camino de Santiago en sí. Presenta demasiados desafíos (challenges) de superficie: suelo no asfaltado, enripiado y con peligrosos ascensos y descensos. Además, me ha comentado Ursula, la encargada del Albergue, que más adelante en dirección a Añé, hay unos pinares y el suelo es arenoso y que estima que mi bicicleta tendrá problemas para avanzar. Mi bicicleta y, en general, mis cosas, están atravesando muchos problemas para avanzar en este tipo de superficie. Bonito, sin duda, es. Me había cruzado con una francesa que venía caminando solitaria por la senda rodeada de verdes trigales e inmenso cielo azul. “- Ayer he completado 1,000 kilómetros”, me dice, al detenernos a saludarnos brevemente. “- Ahora me espera los otros 1,000 kilómetros”. Siempre sostuve que el Camino de Santiago es una excusa para salir a caminar, salir a la aventura. La gente hace rodeos enormes, cuando ya han hecho todos los caminos posibles del Camino. Se convierte en una afición adictiva. Venía yo en medio de una soledad y silencio sorprendentes cuando me cruzo con un automóvil pequeño como un juguete. De él sale un lugareño campechano y nos ponemos a hablar brevemente. Me indica que el Camino sigue por la derecha. En ese sitio específico, no existe ninguna marca de esa flecha amarilla, característica de este gran argumento expedicionario universal. Nos reímos cuando le digo que me imagino que a veces, pese a todo, harán un cochinillo asado en el pueblo, Zamarramala. “- Ah?, me lo dice por mi panza?”.

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